La honestidad que cambió la historia

 

Abraham Lincoln nació en una cabaña de troncos en Kentucky, en 1809. Criado en la pobreza, autodidacta y decidido, aprendió a leer, escribir y razonar con libros prestados, a menudo a la luz del fuego. Ascendió políticamente en una América dividida, afligida por las desigualdades, el racismo y la sombra de la guerra civil. Cuando en 1861 se convirtió en el decimosexto presidente de los Estados Unidos, la Unión estaba a punto de desmoronarse. Lincoln no se rindió. Con integridad, humildad y firmeza, guió al país a través de la Guerra Civil y hacia la abolición de la esclavitud. Su famoso «Discurso de Gettysburg» se convirtió en un símbolo eterno de la democracia y la igualdad. Fue el primer presidente que vio en los ideales de la Constitución una promesa que debía cumplirse para todos, no solo para algunos.

Detrás de su rostro serio se escondía un hombre ingenioso, melancólico y capaz de una profunda empatía. Fue asesinado en 1865, pocos días después del fin de la guerra. Pero su sueño de una América indivisible y justa se ha convertido en el legado de todas las luchas por los derechos humanos en todos los rincones del mundo.

Lincoln era un narrador incansable: le encantaba contar historias y chistes, incluso en los momentos más dramáticos. Durante la Guerra Civil, utilizaba el humor para aliviar la tensión, dejando a menudo atónitos a sus consejeros. Una vez dijo: «Si no me río, muero». Su espíritu, en el fondo, estaba hecho de profunda humanidad.

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Porque hizo realidad la idea de que la política puede servir al bien común. Porque luchó por unir y no por dividir.

Su vida demuestra que la honestidad, el pensamiento profundo y el coraje moral pueden cambiar la historia. 

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